¡Uy, casi se me sale el corazón cuando iba entrando con mi perrita y lo veo abriendo el paquete que le dejé esta mañana! Por un segundo creí que me descubriría, pero está visto que equivoqué la profesión, yo debí ser actriz. Usted ni se dio cuenta de mi sofoco, me saludó igual que siempre, aunque más rapidito que de costumbre: se notaba que estaba ansioso por ver lo que había hoy.
Mi sobrino me trajo del sur una tonelada de castañas, grandes, dulces y carnosas. Sencillamente un milagro. ¿Con quién, sino con usted, las iba a compartir?
Su sonrisa mirando el contenido de la bolsa, me recordó a mis hijos cuando eran querubines y descubrían los regalitos en el árbol de Navidad. Su sonrisa, por lejos, es el mejor agradecimiento que he recibido jamás.
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