VUELTA DE TUERCA

Insististe para que nos viéramos.
Desde la última vez que estuvimos juntos, habían pasado dos semanas que se sentían como años. En eso, estábamos de acuerdo.
Pero no me sentía bien -más bien, me sentía pésimo- y daba rodeos excusándome. Aún así, llegaste.
No salté a tus brazos como siempre. Estaba con mi regla. Sentía el cuerpo apaleado y sólo quería dormir.
-¿Y por qué esconderlo? -dijiste-¿Por qué avergonzarse?
Me llevaste a la cama. Ahí me acurrucaste, abrazada por la espalda (como si supieras cuánto duele la espalda en estos días) y pusiste tu tibia mano en mi panza que era el sitio donde se libraba una batalla de agudos espasmos.
Entonces tu calor empezó a inundarme poco a poco.
El frío de pies y manos desapareció, así como la corriente eléctrica que recorría cada cierto tiempo mis muslos.
Desperté sonrosada y feliz. La tormenta que tiene lugar en mi cuerpo cada mes, se había esfumado. Gracias a ti.
Nunca me había pasado algo así ni, que yo sepa, a ninguna de mis amigas. Mi abuela decía que por los pequeños gestos, se conoce a los grandes hombres. Y, una vez más, tiene razón.

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