PARA EL CONSERJE DE MI EDIFICIO (2)

Qué nervios siento. Desde que le dejé mi regalito el otro día en el mesón, paso tiritando frente a usted. Intento saludarlo como siempre y parece que me resulta. Pero usted se me queda mirando de una forma...no sé cómo decirle. Bueno, en realidad, se queda mirando a todos los que pasan delante suyo como tratando de adivinar quién le escribe estas cartitas y le deja regalos (¿le gustaron los calcetines de anteayer? Son de pura lana, va a ver lo agradables que son. Con mi marido, que en paz descanse, los descubrí. Yo antes creía que todos los calcetines eran iguales y me compraba los más baratos; de a tres pares me compraba. Pero mi Rubencito me enseñó que más vale tener un par bueno que tres malos. Es que una no nace sabiendo y más si se es pobre. Porque yo fui pobre ¿sabe? Y me salían sabañones que yo creía que todo el mundo tenía. Viera como se me hinchaban y picaban los dedos de las manos, y los de los pies a veces sangraban. Y claro, en esos momentos cualquier zapato me quedaba apretado. Siendo mujer hecha y derecha vine a descubrir que los sabañones torturan sólo a los que pasan frío. Por eso lo conozco tan bien. Era apenas una niñita cuando aprendí con toda mi alma a odiar el invierno. Igual que usted.

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