Fabián, te lo cuento rápido y, por favor, respóndeme igual (No quiero explicaciones, todo el mundo da explicaciones. Yo sólo quiero un sí o un no)
Ayer, con mis compañeras de trabajo nos fuimos de happy hour al bar de un lindo hotel boutique, como le dicen ahora a los inmuebles que se caían a pedazos en el centro de Santiago y que hoy sonríen en las veredas con sus nuevas fachadas, y se burlan del tiempo ostentando la posibilidad de llegar a los doscientos años sin arrugas. No lo digo en voz alta, pero envidio a los que les llega dinero para ponerse así de bonitos. Lo que sí dije a viva voz, pasada de copas lo admito, es que estaba enamorada del junior de la oficina. Sí, de ti.
Las cinco se voltearon al mismo tiempo y, más extraño aún, se callaron. Me miraban asqueadas como si me hubiera salido una oreja en la frente. Tuve la posibilidad de romper el largo silencio diciendo que bromeaba. Pero opté por dejar que me surgieran los tentáculos babosos, los cinco ojos sanguinolentos, las branquias y las escamas verdosas. Y llegué así a mi casa y dormí como nunca.
Acabo de dejar mi renuncia en el escritorio del jefe y mi último trámite es mandarte este mail (perdona los errores ortográficos, pero aun no me acostumbro a teclear con ventositas en vez de dedos). Fabian, admitir que te amo ha sido un terremoto que, curiosamente, ha dejado todo ordenado: las víboras y el tedio en el tarro de la basura y el mundo como recién lavado. Yo me voy a disfrutarlo ¿vienes conmigo?
Ayer, con mis compañeras de trabajo nos fuimos de happy hour al bar de un lindo hotel boutique, como le dicen ahora a los inmuebles que se caían a pedazos en el centro de Santiago y que hoy sonríen en las veredas con sus nuevas fachadas, y se burlan del tiempo ostentando la posibilidad de llegar a los doscientos años sin arrugas. No lo digo en voz alta, pero envidio a los que les llega dinero para ponerse así de bonitos. Lo que sí dije a viva voz, pasada de copas lo admito, es que estaba enamorada del junior de la oficina. Sí, de ti.
Las cinco se voltearon al mismo tiempo y, más extraño aún, se callaron. Me miraban asqueadas como si me hubiera salido una oreja en la frente. Tuve la posibilidad de romper el largo silencio diciendo que bromeaba. Pero opté por dejar que me surgieran los tentáculos babosos, los cinco ojos sanguinolentos, las branquias y las escamas verdosas. Y llegué así a mi casa y dormí como nunca.
Acabo de dejar mi renuncia en el escritorio del jefe y mi último trámite es mandarte este mail (perdona los errores ortográficos, pero aun no me acostumbro a teclear con ventositas en vez de dedos). Fabian, admitir que te amo ha sido un terremoto que, curiosamente, ha dejado todo ordenado: las víboras y el tedio en el tarro de la basura y el mundo como recién lavado. Yo me voy a disfrutarlo ¿vienes conmigo?
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