Ruedo

Tengo miedo torero, decía el libro tan lindo y triste de Lemebel. ¿El amor siempre da miedo, torero mío?
Yo me enamoré muchas veces en mi juventud y una y mil emociones me inundaron, pero el miedo nunca antes acompañó al cosquilleo del estómago. Y eso me confunde. ¿Su presencia será la señal inequívoca del verdadero amor? ¿o es precisamente a la inversa: el amor no admite la convivencia con el miedo?
No sé la respuesta. Sólo sé que con usted me siento pisando un terreno desconocido y viene a mí la no menos absurda sensación de virginidad. ¡Virgen y cándida a mis años! Yo, que me quité la ropa sin tapujos, me sonrojo de sólo pensar en hacerlo frente a usted. ¿Será porque he descubierto que sus ojos son capaces de atravesar paredes y develar con facilidad los engaños? ¿O será porque yo, cansada de mentir, me desnudo por primera vez?

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