(Carta de Manuela a Clemente, que acaba de ser
colocada discretamente por ella, en el bolsillo de él)
No, no te voy a decir “Querido Clemente” y menos
“Estimado”. No me voy a dar vueltas. Me conoces lo suficiente para saber que
prefiero una vez colorado a cien veces amarillo: ¿Recuerdas la bufanda color
verde musgo, de suave tejido de alpaca, que te había costado una pequeña
fortuna y que lamentaste tanto haber perdido? Bueno, la tengo yo. No, no te la
robé. O bueno sí, tal vez. Al principio sin querer, y después queriendo. Pero
es que la dejaste caer detrás del sillón, aquella tarde que venías tan molesto
y luego tú y yo la olvidamos, enredados como estábamos en renacernos a pura
boca y limpiarnos de tanta ausencia acumulada. La encontré a la mañana
siguiente mientras pasaba la aspiradora. La tenía aún en mi mano y la
acariciaba -como a un gatito- cuando me llamaste. No, no la he visto, te dije
en un disparo. Del otro lado de la línea suspiraste y echaste alguna maldición
a quien te la había robado sin que te dieras cuenta. Te juro –y espero que me
creas- que no había planeado robártela, pero una vez que la tuve en mi mano, no
fui capaz de devolvértela. No pude. La acerqué a mi rostro con temor y
esperanza. Y ahí estaba tu olor, acurrucado entre las hebras, como si se
hubiera quedado dormido mientras me esperaba y claro, al contacto de mi nariz despertó,
poniéndome la piel de gallina y apretándome el pecho. Entonces me di cuenta de lo que nunca debería
haber pasado: me habías robado el corazón. Sí, ya sé. Me dirás que las putas no
se enamoran. Qué duro suena que me llames así, aunque más me duele que pienses
que no soy capaz de enamorarme. Pero te doy la razón, así es que desaparezco.
No pierdas el tiempo tratando de localizarme. Para cuando me leas, yo ya estaré
bastante lejos. Dudo que me eches de menos (hay miles de mujeres más jóvenes y
lindas que yo. Es cierto que taconeo como si el mundo fuera mío, pero sé que es
sólo por un rato pues me miro en el espejo bien seguido y sin piedad). Tampoco
creo que añores a la portera, esa que te decía –con ojos fieros y sonrisa
burlona- pase joven, su novia lo espera
(¡qué vieja más repugnante! ¿Puedes creer que tenemos la misma edad? Yo
casi me desmayé cuando lo supe y saberlo me confirmó lo que siempre he creído:
es la amargura, la que envejece a la gente). Pero claro, extrañarás tu bufanda
tan cara. Te parecerá una injusticia. Pero luego te alegrarás –y te ayudo a
hacerlo- porque tomarás conciencia de que con un mínimo esfuerzo puedes
comprarte otra. Si te sirve de consuelo o venganza, haz de saber que yo me voy
para siempre mutilada.
*Segundo
Lugar Concurso Cartas de Amor, Biblioteca de Santiago 2010, Chile
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