Qué quiere que le diga, soy un buen partido. Si usted es de las personas a las que decir eso le parece soberbia, no me escriba más. Yo no me avergüenzo de lo que soy, mire que harto que me ha costado. ¿O usted cree que es fácil morderse la lengua cuando delante de una hay una bruta diciendo tonteras, pero resulta ser la mamá del mejor amigo de su hijito? Bueno, no sé usted, pero yo por mi crío, me como diez sapos crudos feliz. Así que ya sabe ya, nunca lo dejaré en vergüenza delante de nadie; soy diplomática y cuido mis modales. Y, por si fuera poco, sé cocinar. Sí, en serio, cocinar de verdad (porque no me venga usted a decir que calentar unos nuggets de pollo en el horno es cocinar). Cocino como lo hacían las abuelas de antes, que no sabían de colesterol y calorías (bendita ignorancia). Y claro que me costó aprender. Fue aburrido por momentos, frustrante muchísimas veces. Tiré toneladas de tortillas de papas, budines y charquicanes (el único feliz, era mi perro). Peeeero, a la vuelta de tanto porrazo, aprendí y hago una cazuela de pava que lo hará salivar de puro verla, con cilantrito fresco picado encima, acompañado con unos ajíes verdes que crujen al morderlos y pebre pa´untar en la papa cocida o la marraqueta.
¿Qué me dice ahora? ¿lo dejé loco, no?
Suya, si quiere (eso sí, que con pimienta y sal, días buenos y días malos, mire que no se puede tener todo en la vida)
¿Qué me dice ahora? ¿lo dejé loco, no?
Suya, si quiere (eso sí, que con pimienta y sal, días buenos y días malos, mire que no se puede tener todo en la vida)
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