Víctor

Don Víctor,
Quizás usted ni se acuerde, pero una vez me dijo que los osos polares, para pescar, acercan una de sus manotas al borde del agua y con la otra, se tapan la nariz. Los peces, que bordean la orilla y nadan felices, ven todo blanco... y ni alcanzan a enterarse cuando ya se convirtieron en desayuno.
No sé si será cierta su historia. Entonces, le creí. Y me reí y me asombré. Y tantos "y" que me sacudieron de la pocilga en que vivía, recordándome la que yo era. Por eso don Víctor, yo a usted, le debo la vida.

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